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01 diciembre, 2016

Mario Levrero - París (1970/1980)


El libro comienza con una dedicación: A la ciudad de París, con las disculpas pertinentes. Prepárese. Un viaje de 300 siglos cansa, y más cuando después de eso se llega a la misma ciudad gris desde que se partió. El protagonista sin nombre/narrador en primera persona sale de la estación de tren (me acordé solo al leer otra reseña, La ciudad finaliza con el narrador entrando en Montevideo en tren y después de casi adormecer en un banco de cansancio y desespero, tomar un taxi y se prepara para conquistar París. Todavía en la estación, escucha una voz que le dice:
"Sin embargo no me parece insensato emprender un viaje para darse cuenta de su inutilidad. Si usted cambia esta naciente desesperación por una calmada desesperanza, habrá obtenido algo que muchos humanos anhelan"
Él torna esto su misión, además de intentar comprender porque esta ahí en esta ciudad contradictoria y si quizás necesita hacer otra viaje y en realidad, ordenar la ciudad, ubicarla en su imaginario. Pero, al igual que en los dos libros que anteceden este, su único motivo es irse de ahí.
Esta tercera entrega de la trilogía involuntaria es todavía mucho más entreverado, loco, imprevisible, el más asfixiante y el más esclarecedor. Como siempre el protagonista anónimo se encuentra desubicado (en no-lugares, heterotopias?), por no tener dinero le meten en una especie de monasterio, o asilo con prostitutas. En principio la entrada es protegida por soldados de gatillo fácil, pero siempre hay más salidas que se encuentran, sin embargo se aferra a el por ser su punto de referencia. En el comienzo, como en los libros anteriores (El lugar y La ciudad) todas las personajes parecen estar ahí para molestarlo o burlarse de él, pero después se despliegan las cosas. Por ejemplo consigue controlar el sueño y soñar despierto, aunque no sin dificultad para salir de ese estado, también consigue volar. Hay una doble identidad, el yo vigilia y el yo sueño y otras duplas (Juan Abel y Pedro Abel; Angeline y Sonia). Están más desarrolladas las referencias "reales", se mencionan varias ciudades, Buenos Aires, París, Carlos Gardel, Hitler, De Gaulle, la objetividad, esa filosofía blanca y negra, propia de autoridades, curas y médicos, que según el protagonista está errónea, pero, ya que emociones no, permite cierta paz. En esta parte (que en realidad no es parte), hay más reflexiones sobre la conexión entre el mundo exterior e interior, sobre el uso de la memoria y sobre la representación ("son baldosas cuadradas, pero yo las veo como flores"). Otra cosa que avanza es la cuestión de las mujeres, mientras en los otros dos libros todas las mujeres son objeto sexual, o objeto de una frustración personal, aquí las mujeres dialogan con el protagonista y lo hacen ver su ridícula relación con ellas. También es la parte más política de la trilogía, por así decir, si en La ciudad mandaba exclusivamente la Empresa, aquí hay guerra, hay una resistencia, hay muchas referencias reales (no solo París y su Barrio Latino, también Buenos Aires, Carlos Gardel) y de ciudades extensas sin nombre con una estructura cuadriculada que la divide en manzanas uniformes.
Me parece tener influencia de Manuel Puig, aunque no sé si Levrero leyó o gustó de Puig, o si tiene algo que ver. Concluyo pensando que es un libro brillante, muy bueno, hasta diría de lo mejor que ya leí por el momento.

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