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30 abril, 2017

Selva Almada - Chicas muertas (2014)


Hay tantas chicas muertas, matadas, tantos crímenes impunes, que se las puede confundir. Selva Almada se concentra en tres, tres casos de los años '80 no resueltos, conocidos en Argentina. Pero en su investigación se va enterando de más femicidios, de antes de que se conociera este término que ahora se usa [el diccionario del editor de texto instalado en mi computador en el que escribo esta reseña me corrige: solo conoce la palabra homicidio]. Es un esfuerzo mínimo que se le pide al lector, requiere estar atento a la especificidad de cada una de las tres, Andrea, Sarita y María Luísa. Uno comienza a preguntar y se entera siempre más tragedias, injusticias, desaparecimientos y misterios muy similares, es así. (Además de los tantos muertes de jóvenes en motos.)
A mí, los temas policiales de asesinatos en la literatura no me llaman la atención, ni por el miedo que se procura sentir en la literatura del miedo, ni por sensacionalista de leer sobre violencia basada en casos reales, pero me interesa como se lleva el tema al publico en formas que no son el periodismo amarillista o la morbosa fascinación del mal. Y últimamente llegó a hablarse más ampliamente, a condenarse en público, a cuestionar las pautas de violencia de género más subyacentes, hay movimientos nuevos, marchas a los que van los que antes no iban, etc.. Renovar la memoria es un trabajo importante. Como sé que la entrerriana Selva Almada escribe muy bien, me lancé con este libro, que desconociendo la autora, con este titulo jamás lo hubiese tocado.
Chicas muertas comienza de la mejor manera para evocar el clima de la vida desnuda, la narradora en primera persona se despierta un domingo en la casa de su familia, en Villa Elisa. Es una madrugada de tormenta y siente el colchón húmedo, formas babosas y tibios moviéndose entre sus piernas. Tarda un momento en entender que fue la gata que estuvo pariendo ahí y encoge la piernas, abrazándose a si misma para seguir durmiendo. Los gatos desaparecen y nunca más se sabe de ellos. Desde la primera página se introduce así la sensación de incomodidad, dentro de la propia casa, de un miedo difuso de la vida y la muerta de los que tienen el poder de parir. La narradora que investiga el caso recuerda como aquel domingo enteró de la muerte de Andrea, apuñalada en el corazón, por la radio. Esta parte también es de no-ficción o crónica, la autora se crió ahí. Sin embargo se lee como ficción, en mis ojos esto es bueno. Como en Ladrilleros, la narrativa de Selva Almada recorre el Litoral y Norte, Entre Ríos, Santiago del Estero, Paraná, Chaco, descubriendo paisajes sociales de lo más comunes y más negligenciado culturalmente.
Por más bien que escribe la autora, que pasaron casi treinta años y eso se nota. La pobreza y policía todavía de tiempos de dictadura ayudan con que este tipo de casos nunca se resolvieran. La cronista-narradora se envuelve en los casos, tuvo una beca para investigar y llega a tanto que comienza a sospechar y ver miradas lascivas - siempre de hombres mayores para adolescentes muy jóvenes - en todo lado, que no tengo dudas, es una precaución justificada. Ella concluye el libro en enero 2014 cuando, como escribe, en lo que va el año ya fueron asesinadas al menos 10 mujeres. En el 2017 podemos agregar a Micaela García, militante de Ni una menos y Araceli Fulles y unas cuantas más, promedio casi una por día en Argentina.

30 marzo, 2017

Selva Almada - Ladrilleros (2013)


Ladrilleros es otra novela argentina contemporánea que sitúa su narración en el campo, en las margenes del país, en un pueblo olvidado del norte. Últimamente escuché hablar mucho y muy bien de esta escritora. Parece que sigue siendo todo un acontecimiento si es una mujer joven la que escribe bien, una muchacha del interior la que tiene algún éxito comercial y en círculos literarios, de forma que todo el mundo lo comenta, como si fuese la gran excepción. No sé bien como funciona eso. Tampoco sé como funciona revelar todo que se pasa desde la primera página y lograr una novela buena.
Estamos en el Chaco (o por ahí), en una tierra lejos de todo y castigada por el sol, el año entero. En el barrio no hay mucho que hacer. Para los adultos están las carreras ilegales de galgos, juegos de cartas y la bebida. Para los changos hay bicicletas, metegol, un canal, y los dos bandos callejeras a los que unirse para aprender las masculinidades. La eterna rivalidad sostiene el orden del pueblo, nadie se escapa de esa realidad. La historia es bastante simple, se trata de las relaciones entre dos familias, primero entre los padres, Óscar Tamai y Elvio Miranda, ambos ladrilleros, después entre los hijos varones Pajarito y Marciano y respectivas barras de compinches. Las violencias que se reproducen, las familias son muy parecidas, viven en el mismo barrio, en las mismas condiciones precarias. Se narra alternando de escena entre las dos familias de manera muy rápida y se dispensa del orden cronológico, así pasamos las estaciones importantes y algunas cotidianas, la siesta, el parto, el casamiento, el primero sexo, la primera gran bronca, problemas de trabajo, las muertes de los perros, las trompadas, los momentos decisivos de la infancia, los días en que el parque de diversiones pasó por el pueblo. En el principio, los chicos Pájaro Tamai y Marciano Miranda son casi confundibles, espejos, con la diferencia que uno odia al padre el otro extraña el suyo, sentimientos naturales en esas circunstancias, cosas que marcan la vida de los muchachos para siempre y sin posibilidad de escapar, de decidir sus vidas, de encontrarse.
Selva Almada escribe muy bien, las escenas le quedan vivos, bastante "plásticos" como se dice, pero por alguna razón, en el medio mantiene distancia con los personajes, o tiene un problema narrativo, algo que se pierde al anunciar lo que pasa desde la primera página o es porque muda de escena demasiado rápido, cada dos o tres páginas. A lo mejor, simplemente leí demasiado en las últimas semanas y es esa la razón de haberme quedado algo pesado, flojo no está, pero me parecía faltar tensión en algún lado. Su voz es la habla agresiva de jerga del pueblo de los chamigos, sin piedad ni parafraseo, dice las cosas por el nombre, ahí se culean pendejas y se dan palizas de cinturón, se busca la carne enemiga con filos, se mascan conchas, se agarran piñas entre charcos de meo y vomito.
Sin embargo, hacia el final se densifican las escenas narradas y va quedando menos fragmentado y más vivas porque conectadas. Ahí si es fácil encariñarse con ellos. Se sienten esas energías de adolescentes de jóvenes adultos de ya son Pájaro y Marciano cuando salen en sus motos a bailar y beber porrones. Vale más y más la pena. A pesar de que ya se sabe de la primera página que los dos se están muriendo, va a haber un desenlace, algo que impulsa a leer más rápido, porque falta una escena importante que todavía no se nos contó bien. Y aún al final, sabiendo que pasa, el texto deja sin aliento y llegan los policías y caminan por el pasto estropeado igual que el pelo del viejo pony de la feria atado en el boliche de lata.

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